Marco teórico
1 Antecedentes
del tema
2 Bases teóricas
Antecedentes del tema
Linda Ojeda, Ph.D., enero 2003 en su libro “Menopausia
sin medicina” menciona que en varios estudios han examinado el efecto del
estilo de vida en la menopausia. La nutrición en particular parece ser un
factor significativo. Una extensa encuesta conducida en Nueva Guinea encontró
que las mujeres mal nutridas comienzan la menopausia alrededor de los 43 años,
mientras que las mejores nutridas comienzan la menopausia alrededor de los 47.
Investigaciones en grandes grupos de población indican que las mujeres
europeas, que supuestamente tienen hábitos más saludables que las
norteamericanas, tienden a una menopausia tardía.
Pérez A., L., & Rojas Pérez, I. (2011) en la Revista
Med. Recomienda que toda paciente
menopáusica asuma estilo de vida saludable para disminuir los síntomas de la
menopausia, los riesgos de la TH, y los riesgos de las enfermedades propias la
tercera edad, entre estas, la osteoporosis. Se debe incluir: (a) Dieta sin
grasas, pero rica en omega 3 que son los ácidos grasos esenciales poli
insaturados, como EPA y DHA (nueces, atún, sierra, bonito, salmón, sardinas),
carnes blancas, frutas, verduras, calcio, agua, y cereales ricos en fibra; o la
“dieta mediterránea” en la que predominan los alimentos obtenidos de los
cultivos tradicionales de esta zona geográfica bañada por el mediterráneo:
trigo, olivo, vid, hortalizas, frutas, frutos secos y pescados.
Úbeda, N., Basagoiti, M., Alonso-Aperte, E., &
Varela-Moreiras, G. (2007). En su artículo: “Hábitos alimentarios, estado
nutricional y estilos de vida en una población de mujeres menopáusicas
españolas” muestran que la población española presenta
una elevada tasa (61% del total) de sobrepeso y obesidad. Esto puede ser debido
al cambio hormonal asociado a la menopausia puesto que favorece el aumento de
peso corporal. Este citado sobrepeso es factor de riesgo, además, para otras
enfermedades como la cardiovascular, cuya incidencia puede elevarse si también
tenemos en cuenta el alto consumo de grasas y colesterol. El exceso de
proteínas podría afectar igualmente a la densidad ósea al incrementar la
excreción urinaria del calcio, especialmente si estas proteínas son de origen
animal. En su estudio, las fuentes principales de proteínas en la dieta de las
mujeres son de origen animal y, en concreto, existe un elevado consumo de
productos cárnicos.
Arteaga Urzúa, Eugenio. (2016) en su artículo
“Menopausia y riesgo cardiovascular” de la Revista médica de Chile afirma que la enfermedad cardiovascular es la
principal causa de muerte en mujeres mayores de 50 años. Previo la menopausia,
el riesgo cardiovascular (RCV) es muy inferior a la de los hombres; después de
ella, el riesgo aumenta aparentemente relacionado a la deficiencia estrogénica
que se asocia a mayor prevalencia múltiples factores de RCV (diabetes mellitus,
dislipidemia, síndrome metabólico, cambios desfavorables en el peso y
distribución de grasa corporal, sensibilidad insulínica y tono simpático, entre
otros). De hecho, el National Cholesterol Education Program (NCEP)
reconoció a la postmenopausia como un factor de RCV.
Lugones Botell, Miguel. (2001) En “Osteoporosis en
la menopausia: Prevención y estrategias terapéuticas actuales” de la Revista
Cubana de Obstetricia y Ginecologí”, declaró que se
ha demostrado que el tabaquismo y el abuso de bebidas alcohólicas son factores
de riesgo importantes para la osteoporosis; también la excesiva ingestión de
café es otro factor, por lo que resulta importante brindar asesoría a las
mujeres con estos hábitos, lo que debería iniciarse desde la adolescencia.
También consideramos muy importante que estas mujeres conozcan la fisiología
del climaterio y la menopausia.
De los autores que se
presentaron anteriormente, afirman que si las mujeres llevaran una dieta
saludable podrían prevenir o reducir los factores de riesgo propios de la
menopausia como cardiovascular y la osteoporosis.
Bases teóricas
Las mujeres en la menopausia
se pueden llegar a enfrentar factores de riesgo cardiovasculares y probabilidad
de osteoporosis, por lo que deben llevar una vida nutricional sana antes de la
menopausia, o bien, si se encuentra en esta etapa, durante esta para mejorar la
calidad de vida y evitar los factores de riesgo,
La osteoporosis,
principal factor de riesgo para sufrir
fracturas por fragilidad, es un problema
importante de salud pública que tiene repercusiones
sociales, sanitarias y económicas indudables; pero sobre todo
provoca dolor, limitación funcional y alteración severa en la
calidad de vida de los pacientes. En la prevención de la
osteoporosis, el principal objetivo es evitar las fracturas por fragilidad;
para ello es necesario: 1) favorecer la formación de hueso en la juventud,
hasta conseguir un pico suficiente de masa ósea, 2) disminuir la pérdida de
hueso en la edad adulta, sobre todo después de la menopausia, 3) mantener la salud
ósea durante el resto de la vida, y 4) evitar las caídas.
Existen suficientes evidencias de que las
estrategias multifactoriales (evaluación de factores de riesgo, hábitos de vida
saludables, abandono del tabaco, moderación en el consumo de alcohol, ejercicio
físico adecuado al paciente, actividad al aire libre con exposición prudente a
la luz solar, así como una dieta variada y equilibrada), son efectivas en la población
de riesgo. En cuanto a los factores nutricionales para la prevención de la
osteoporosis, las recomendaciones actuales son: aumento del consumo de calcio,
fósforo, magnesio y flúor; aporte adecuado de vitamina D (incluso con alimentos
enriquecidos, en caso necesario); consumo de alimentos ricos en ácidos omega-3;
disminución de sal y alimentos preparados; ingesta suficiente pero moderada de
proteínas y, en ausencia de intolerancia, potenciar el consumo de leche y sus
derivados, sobre todo yogur y productos lácteos fermentados. (Martín Jiménez, J., & Consuegra Moya, B., & Martín
Jiménez, M. (2015). Factores nutricionales en la prevención de la
osteoporosis. Nutrición
Hospitalaria)
El sobrepeso y la obesidad en mujeres
menopáusicas incrementan el riesgo cardiovascular por lo que un tratamiento para la pérdida de peso basado en dieta (pobre en
grasas) y ejercicio puede ser particularmente beneficioso para reducir la
adiposidad visceral y el riesgo cardiovascular. El ejercicio es también
particularmente importante para prevenir la pérdida de densidad ósea mineral
que sucede durante la restricción de calorías. El uso de fármacos anti-obesidad
(sibutramina, orliestat...) como adyuvantes a la dieta hipocalórica y el
ejercicio y la indicación de cirugía bariátrica deben valorarse, como siempre,
de forma individualizada. Lo más recomendable es consumir los alimentos
correctos para una dieta balanceada y preventiva.
Se
recomienda llevar la dieta Mediterránea, se caracteriza por un uso abundante de
aceite de oliva como principal grasa (la única para todos los usos culinarios),
un consumo elevado de alimentos de origen vegetal (frutas, hortalizas,
legumbres, frutos secos, semillas y cereales integrales), consumo moderado,
pero frecuente y repartido a lo largo de la semana de vino (especialmente
tinto) normalmente en las comidas, consumo de pescado y productos del mar
frescos, un consumo moderado-reducido de: productos lácteos (especialmente yogurt
y queso), carnes magras y huevos, y un consumo bajo o nulo de dulces, bebidas
azucaradas, mantequilla, carnes rojas y procesadas. Los resultados del ensayo
PREDIMED (Prevención con Dieta MEDiterránea), llevado a cabo en 7.447
participantes de alto riesgo cardiovascular pero libres de ECV al inicio del
estudio, concluyeron que una dieta Mediterránea rica en aceite de oliva virgen
y frutos secos disminuía el riesgo de desarrollar un evento cardiovascular
(infarto, ictus o muerte cardiovascular) en un 30% (Hazard Ratio: 0,70; IC95%:
0,54–0,92) (Rastrollo, M. B. 2017)